Hace muchos, pero muchos años, el tranquilo pueblo de Hamelín se llenó de ratas. Había ratas por todos lados: en los graneros, en las cocinas, en las tiendas, en las calles, en las plazas… y no había modo de librarse de ellas.
Los habitantes de Hamelín estaban tan desesperados, que el alcalde decidió ofrecer una recompensa de mil monedas de oro para quien lograra liberar a la ciudad de tan terrible plaga. Al poco tiempo llegó al pueblo un extraño forastero: era alto y delgado, andaba por ahí envuelto en una capa y tenía una flauta. Se presentó ante las autoridades y dijo:
–Yo puedo liberar a vuestra ciudad de todas las ratas.
El alcalde no le creyó, pero pensó que de cualquier modo valía la pena intentarlo.
–Si lo logras, la recompensa será tuya– le dijo.
Entonces el forastero se dirigió a la plaza principal del pueblo y comenzó a tocar la flauta.
–Es solo un pobre loco- decía la gente riendo de él.
–Dice que nos va a liberar de las ratas y lo único que hace es ponerse a tocar la flauta- seguían diciendo.
Pero de repente sucedió algo increíble: como atraídas por la música, las ratas comenzaron a reunirse alrededor del flautista, llegando desde cada rincón de la ciudad. Entonces el flautista comenzó a caminar y las ratas lo siguieron, como si una fuerza irresistible las arrastrase fuera del pueblo.
El flautista llegó hasta el río y lo atravesó andando. Las ratas lo siguieron, pero la corriente las arrastró río abajo. En el pueblo de Hamelín no quedó ni una sola rata. Pero cuando al flautista fue a pedir su recompensa, el alcalde le dio solo 10 monedas.
-Esto es más que suficiente por haber tocado un rato la flauta- le dijo.
El flautista, muy enfadado, amenazó con vengarse si no recibía la recompensa prometida, pero el alcalde y las demás autoridades del pueblo se rieron de él.
–¡Os vais a arrepentir de no haber mantenido vuestra promesa y haberos burlado de mí!- les gritó el flautista mientras se alejaba.

El forastero comenzó a dar vueltas por las calles de la ciudad tocando la flauta, y cada vez que pasaba junto a un grupo de niños, éstos dejaban todo lo que estaban haciendo y lo seguían en silencio, sin quitarle los ojos de encima. En poco tiempo, todos los niños de Hamelín caminaban detrás del flautista y él, sin dejar de tocar la flauta, se dirigió fuera de la ciudad.
En Hamelín vivía un niño muy pequeño que caminaba con muletas. También él se sintió atraído irresistiblemente por la melodía del flautista, pero como caminaba más despacio que los demás, se quedó atrás. Cuando salió del pueblo, el flautista con todos los niños detrás se dirigió hacia unas colinas que no estaban demasiado lejos. El pequeño corría lo más rápido que podía ayudándose con su muleta, pero al final quedó tan atrás que ya no pudo oír el sonido de la flauta. Entonces se apoyó contra un árbol para descansar un poco.
Los demás siguieron camino y llegaron hasta una colina. Allí sucedió algo increíble: la roca se abrió mágicamente y el flautista, junto con todos los niños, entró en la apertura, que se cerró inmediatamente cuando el último niño entró.
El pequeñín que había quedado atrás lo vió todo, volvió corriendo al pueblo lo más rápido que pudo y contó a los adultos lo que había sucedido. ¡Os podéis imaginar el dolor y la angustia de los habitantes de Hamelín cuando supieron que sus niños estaban encerrados en una colina!
-Muéstranos dónde están nuestros hijos, ¡tenemos que salvarlos!
Una gran muchedumbre se reunió en la colina, buscando la manera de entrar, llamando a los niños y suplicando al flautista que los devolviera a cualquier precio. Pero todo fue inútil, y al final la gente, llorando desconsoladamente, volvió a la ciudad.
Pero el niño con las muletas no volvió con los demás; estaba muy cansado, y se detuvo cerca de la colina para recobrar fuerzas, sin poder quitar los ojos del lugar en el que la roca se había abierto y sus amigos habían desaparecido.
De repente, vio un objeto entre la hierba; se acercó y reconoció la flauta del forastero. Sin pensarlo dos veces, se puso a tocarla… ¡qué sorpresa se llevó cuando vio cómo la roca se abría de nuevo y de la grieta salían corriendo todos los niños!
Al darse cuenta que el pequeñín los había salvado, los niños lo cargaron sobre los hombros y volvieron cantando felices al pueblo, donde los recibieron sus padres y familiares con los ojos llenos de lágrimas de felicidad.
–¡Eres un héroe! ¡Nos has salvado!
Para celebrar el regreso de los niños se organizó una gran fiesta, y todos felicitaron y agradecieron al niño con las muletas por su valentía. Hasta ese momento, muchos niños lo habían dejado de lado en sus juegos y se habían burlado de él porque era pobre y cojo… pero ahora todos querían ser sus amigos. El alcalde, que había comprendido las terribles consecuencias que su comportamiento avaro había provocado, decidió premiar al pequeño valiente. Gracias a la generosa recompensa, él y su familia pudieron vivir de allí en adelante sin pasar penurias.
–Nunca más seré avaro- dijo el alcalde- ¡y mantendré siempre mis promesas!
Del misterioso flautista nunca más se supo nada, y su flauta mágica fue quemada en la plaza para que nadie más pudiera usarla para hacer el mal.





